
Hay atracciones, algunas fatales, entre humanos, con las comidas, las bebidas y las aventuras, las noticias, los equipos de fútbol y sus resultados, las desgracias ajenas y sus letanías que no hay manera. Ese grado de excitación incontrolable y que deja al implicado, cachondo perdido, forma parte de su elemental conducta.
A la viejecita del piso de arriba, pura y ciertamente infantil en el ascensor, que es donde precisamente no se puede averiguar la verdad de nadie, ni de nada (ya hablamos de esto en otra ocasión), le ponen cachonda todas las cerezas del supermercado del barrio, hasta tal punto que sin darse cuenta se las mete en el bolsillo de manera disimulada e intenta darse a la fuga mirando para otro lado con la mayor naturalidad. Como la tienen fichada siempre le recuerdan que además de las peras y el zumo de naranja a la señora se le olvidan las cerezas, y así, un día tras otro.
Cachondo también es su marido, porque cachondo le ponen las albóndigas de ese mismo ultramarino, que embaladas en un paquete de plástico con su salsa y todo no tiene otro quehacer que abrir el plástico, vaciar la salsa de sus albóndigas, y reclamar que, a él, la salsa no, solo las albóndigas. No hay manera de que entienda que las albóndigas vienen con la salsa y sin salsa no se puede llevar el paquete, que es todo junto o nada, y cuando se lo recuerdan no le gusta y cada vez que aparece ya saben qué va a pasar. Qué cachondo.
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