Con motivo del 90.º aniversario del fusilamiento de Federico García Lorca en 2026, venimos acompañando una serie de homenajes a quien fue uno de los grandes poetas españoles del siglo XX.
No faltan textos, lecturas, interpretaciones de sus obras dramáticas y conferencias sobre su vida y su obra. Su muerte sigue siendo, todavía hoy, motivo de investigaciones y tesis. De ahí que sean numerosos y variados los estudios que intentan esclarecer las circunstancias de su asesinato y el paradero de sus restos. Pero yo soy de los que piensan que quizá el propio Lorca no quiere que los encontremos. Ahí nace el mito.
Pero ¿quién era realmente Lorca?
Habrá quien diga que era un verdadero polímata, un intelectual multidisciplinar que se interesó por distintas manifestaciones artísticas. Sin embargo, resulta especialmente significativo que él mismo destacara que, antes que nada, había sido músico.
Criado en el seno de una familia burguesa del ámbito rural de Granada, Lorca estuvo desde muy pequeño en contacto con la música popular. En su casa escuchó, a través de las canciones y nanas infantiles que le interpretaban las nodrizas, buena parte de la tradición folclórica andaluza. Más tarde, esa música formaría parte esencial de su universo creativo, y Lorca se dedicó a recopilarla, armonizarla y realizar versiones para canto y piano.
Por eso, a Lorca no solo hay que leerlo ni asistir a la representación de sus obras teatrales: también hay que escucharlo.Porque la música está en el corazón de su creación. Está en sus canciones, en sus romances, en sus poemas y en sus textos dramáticos. Y está también en el ritmo, en la cadencia y en la extraordinaria musicalidad de su poesía.
Cuando leemos a Lorca, en realidad también lo estamos escuchando.
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