
Abdallah, surfista e padeiro de origem libanesa no litoral norte de São Paulo, prefere o pão bem tostado, mesmo quando o gosto de todos pede o contrário.
Pensar por uno y vivir por sí es raro. Tirársela bien a los otros supone un acto de valentía en esta zozobra de masas de pensamiento único, pero no solo. También de originalidad, no es muy frecuente salirse del tiesto con arte, y lo que ocurre es que normalmente al contrincante se le pilla desprevenido, un soplo de aire fresco.
Abdallah es un surfista de origen libanés que vende sus panes artesanales en un pontarrón del litoral norte de São Paulo. Vive según él, aunque en el último año tuvo que cambiar la cocción de sus recetas porque a los paulistanos les gustan poco hechos.
-Saben a harina -afirma-, el tueste aporta notas esenciales que solo se obtienen cuando se llega a un punto determinado de horneado alto. ¿Qué le voy a hacer?
Martoca, en São Paulo, también tuvo que rectificar, no le estaban comprando más. Dejó su esencia a merced del gusto de siempre.
-Ya no haces buenos panes, Abdallah -le dice su padre-. Los vendes crudos.
Ahora está experimentando con uno de zátar.
-Ese lo quemo como debe ser -afirma con vehemencia-, es la manera de hacer un buen pan. Y como el zátar no se puede comer si no se le tuesta, no me lo discuten, es el único que se encuentra fuera de toda duda y el que más me deja feliz.
Bien tirado, Abdallah.
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