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El viaje definitivo

Revista Vamos Contigo 253 - Expresión escrita y comprensión lectora Cristina Menezes / São Paulo, 15 de Agosto de 2026

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… Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros
cantando; y se quedará mi huerto, con su verde árbol,
y con su pozo blanco.
Todas las tardes, el cielo será azul y plácido;
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.
Se morirán aquellos que me amaron;
y el pueblo se hará nuevo cada año;
y en el rincón aquel de mi huerto florido y
encalado,
mi espíritu errará nostálgico…
Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido…

Y se quedarán los pájaros cantando.

Juan Ramón Jiménez. Tomado de «Corazón en el viento», en Poemas agrestes, 1910-1911.


El poema “El viaje definitivo”, de Juan Ramón Jiménez, habla de la muerte, pero también de todo aquello que permanece cuando nosotros nos vamos. Y quizá por eso podemos llevar sus versos más allá de la muerte y pensar en todas las veces que dejamos un lugar en el que hemos vivido durante muchos —o pocos— años: los amigos que se quedan, los lugares que siguen ahí, las huellas que dejamos y las vidas que, de alguna manera, hemos cambiado.

Yo, por ejemplo, viví veinte años en España. Veinte años son suficientes para conocer el carácter especial de los catalanes y la acogida de los andaluces. No lo digo para hablar bien o mal de nadie, sino porque vivir en un lugar significa también aprender a mirar a sus gentes, sus costumbres y sus maneras de estar en el mundo.

De las huellas que dejamos sí puedo hablar. De las vidas que cambié, de las amistades que cultivé y de mi pequeña colaboración con el mundo cuando añadí dos personas maravillosas a las tierras ibéricas.

Pero Jiménez nos habla también de lo que sigue allí cuando nosotros nos vamos: los pájaros, el huerto, el pozo. Y eso es precisamente lo que pienso cuando recuerdo mi salida de Málaga.

Cuando decidí dejar España y volver a Brasil, allí se quedaron mi huerto, el cielo azul de los trescientos días de sol al año, la calle Victoria, la plaza de la Merced, la plaza de la Constitución. 

Se quedó también aquel balcón minúsculo y precario del Ateneo. Si cierro los ojos, todavía puedo ver y casi oler la torre de la catedral que divisábamos desde allí. Y puedo recordar tantos viernes de risas y literatura, de amistad y cariño. Porque hay lugares que dejamos físicamente, pero que siguen viviendo dentro de nosotros.

Todo cambia. Cambian las tiendas, los bares, las calles. Cambia Málaga y cambia São Paulo. «El pueblo se hará nuevo cada año», dice Jiménez, y así ocurre, inevitablemente, en esta vorágine en la que vivimos. Ya casi nadie vive en el campo y, sin embargo, seguimos hablando de huertos, de árboles, de pozos, como si fueran lugares de nuestra memoria. Pero mi huerto sigue dando tomates y mi cerezo sigue dando frutos. Solo que ahora son otros los que los comen.

Y quizá ahí esté una de las cosas más hermosas delpoema: aquello que dejamos atrás no deja necesariamente de existir. El árbol continúa creciendo.
Los pájaros continúan cantando. El pueblo continúa cambiando. La vida sigue.
Mi espíritu sí, mi pensamiento, mi alma, siguen errando nostálgicos, intentando recuperar aquellos años felices o, al menos, impedir que se borren del
todo.

Yo, mientras tanto, sigo mi camino. Porque empiezo a pensar que nada es realmente definitivo. Dejamos casas, ciudades, trabajos, amigos y paisajes, pero nos llevamos una parte de todo ello. Y, quién sabe, a lo mejor algún día vuelvo.

Y si no vuelvo, también estará bien.

Porque sé que nunca estaré sola.

@España Aquí 

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